Fue un día espantoso para todos, menos para el Espanyol, que se ganó su felicidad. El Madrid jugó mal, el árbitro estuvo peor y se rompió Rüdiger, el último muro blanco que se mantenía en pie. No era noche para esperar fútbol champán, pero tampoco para quemar tantos minutos de modo intrascendente, a paso de procesión. Nada pareció indicar, durante mucho tiempo, que el Atlético había ganado tres cuartos de hora antes y que el Barça juega este domingo. Solo en el último cuarto de hora se soltó el pelo el líder y ahí topó con Joan García, portero de cuatro manos, y con un gol inesperado de Romero, al que Muñiz le había perdonado increíblemente la expulsión por haber cazado a Mbappé minutos antes. La resaca será larga.