Donde ponía el ojo, ponía la bala. En ausencia de Ejuke, y tras un inicio dubitativo a domicilio colmado por el 5-1 en Montjuïc, Dodi Lukebakio emergió como aspirina para el Sevilla y dolor de cabeza inquebrantable para un Espanyol que se diluye cual pastilla efervescente que un día dio indicios (o espejismos) de solidez. Con dos golazos teledirigidos como los coches de Rastar, la empresa propietaria del club perico, el belga-congoleño marcó la diferencia ante los locales, como antes habían logrado Kubo, Ayoze o Lo Celso, justo de lo que carece un conjunto blanquiazul sin un delantero referencia y con una plantilla menesterosa. Ni el factor RCDE Stadium lo salva ya.
